domingo, 28 de marzo de 2010

A la luz de la luna.



Sentía como su piel pegada a la mía iba entrando en calor por cada segundo que pasaba, cada segundo que me abrazaba, cada segundo que me rozaba.

Pensar que lo tenía dormido a mi espalda, con sus labios pegados a mi hombro me hacía sentir escalofríos que recorrían todo mi cuerpo haciéndome estremecer como una imbécil enamorada.

Repentinamente alzo su cara aún con sus ojos dormidos y acerco sus labios a mi lóbulo, acariciando y respirando en él mientras me susurraba esas palabras que tanto me hacían sentir.

Tuve que pasar mi brazo hacia su cintura escondida detrás de mí en sábanas aterciopeladas y acariciar su cuerpo como nunca lo había hecho.

Segundos después, me di cuenta de que mi cuerpo había cedido al suyo desnudo sintiendo como se convertían ambos en uno solo.

Mis labios se entreabrieron a la vez que la almohada cada vez se veía más arrugada tras mi puño apretarla y mi cara escondía su rostro pegándola a esta.

Un grito quedo desnudo tras desgarrarlo desde mi garganta, e hizo eco en gran parte de la casa.

Me silenció cuando su mano repasó todo mi cuerpo hasta llegar al contorno de mis labios y los jadeos quedaban ahogados dentro de mi boca que hacia vaho en su mano dejándola humedecida.

La almohada volvió a su estado natural al soltarla y llevarla rápidamente a la muñeca de mi compañero de noche.

La apreté a la vez que él, con la misma, alzaba mi cuerpo arqueándolo hacia el suyo, dejando mi nuca pegada a su hombro.

Su cuerpo comenzó a moverse con lentitud haciendo que el mío se moviera a la par.

Pegaba su cara a la mía mientras su respiración cada vez era más acelerada y leves gritos recorrían toda su boca encontrando una salida, mientras que mi lengua se basaba en el cartílago de su oreja acariciándola con la misma punta de esta, dejándola humedecida y fría.

Llegó a mi punto, y gemidos recorrieron mi boca hasta que estos se cerraron apretándolos.

El dedo índice de su mano izquierda entró en mi boca cuando entreabrí mis labios para poder respirar con más rapidez de lo normal. Recorrió toda mi boca con dicho dedo, y jugó con mi lengua y dientes. Lo atrapé de modo que al tirar de él quedó levemente enrojecido.

Tras minutos de placer sin descanso, me di cuenta de que nuestros cuerpos parecían máquinas imparables y círculos recorrían el interior de mi cuerpo entre jadeos que llenaban mis oídos de sonidos y palabras malsonantes que salían de su boca.

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