lunes, 29 de marzo de 2010

Abandono.



Llega un momento del juego en que no sabes seguir la partida. Es como un tablero de parchís del que tu oponente le quedan dos pasos para ganar la partida y tú aún tienes una de las cuatro fichas en el punto de partida.
Están viendo como él cada vez avanza más y a ti cada ficha que adelantas, te la vuelve a adelantar e incluso te la acaba comiendo hasta dejarte sin ella.
Piensas que la has perdido, que no conseguirás volver a adelantarle y ahí es cuando acabas derrumbado, cuando comienzas a ser borde aunque no te des cuenta, cuando te alejas de la gente, cuando intentas dejar lo que ha sido tuyo en el olvido.
¿Acaso merece la pena? Es una de las preguntas frecuentes que nuestras mentes hacen cada dos por tres.
Y creo que el problema no está ahí, si no en que crees que para ti sí que merece la pena, y es cuando te das cuenta de tu egoísmo.
Pero tampoco os soléis dar cuenta de que es por la salud de uno mismo, que llega a afectar y cuando repentinamente te viene a la cabeza, tu estado de ánimo cae de forma brutal.
Otro de los problemas que esto causa es el perder a las personas, por el cual hoy escribo este texto. Quizás sean paranoias, o quizás no, pero estás observando y crees más en la realidad que en las tonterías que uno se monta en su ser.
Digamos que lo dejas, pasas de todo durante unos días, aunque en realidad no lo sigues el juego, tratas de saber todo y cada uno de los movimientos del oponente.
Eso es lo que más dolor causa, verlo, y no poder seguir.
Haces trampa, y sin que nadie se de cuenta, vuelves a poner tus fichas sobre el tablero, coges el dado, y a seguir.
Realmente, una partida demasiado larga, por lo que o te cansas, o se cansa, y acabas por abandonar.
Lo coges por el brazo para que vuelva a sentarse frente a ti y terminar la partida, pero no, él sale corriendo y te quedas en medio de esta.
No sabes como mover, y ahí, acaba el juego.
Las fichas se quedan sobre el tablero, y tú abandonas el lugar.
Juego finalizado.

domingo, 28 de marzo de 2010

Recordé hasta el olvido.



Mis pies se separaron del suelo, la moqueta quedó libre y mi corazón se encogió. Mis movimientos inconscientes fueron tachar mis brazos en mi pecho, apretar los labios, cerrar los ojos y respirar profundamente, aunque mi garganta desgarrara un grito en el interior de mi boca.
Las hélices de aquel helicóptero del que me lancé, sonaban exactamente sobre mí, y notaba como las miradas que volvieron a pisar la moqueta se hallaban en mi espalda. Me sentía observada.
No sabía qué hacer, tenía miedo, y ni se me ocurrió abrir los ojos en ningún momento, si no gritaría, y no era exactamente lo que quería.
El aire frío pegaba en mi cara, notaba como palidecía, tenía frío, y estaba deseando llegar abajo, caer en tierra firme.

Muchos metros me separaban del suelo, mi lanzamiento hizo que se me pasara de todo por la cabeza, rezaba sin parar porque todo saliera bien, pero algo me decía que no saldría de aquella, era una intuición sin duda.

Entreabrí mis ojos, y mientras notaba como mi pelo volaba por encima de mí, moví la manga de mi chaquera especializada, mirando el reloj y controlando cuando tendría que tirar de aquella anilla para que el paracaídas se abriera en el momento justo. Quedaban menos de cinco minutos. Se me estaba haciendo eterno. No recordaba el por qué lo había hecho.

Mis hijos estarían sufriendo viendo cómo caía desde aquel helicóptero, cómo cada vez estaba a muchos más metros separada de ellos, me arrepentía sin parar, negando débilmente con la cabeza, bufando después, y notando cómo bocanadas de aire entraban sin parar dentro de mi boca. No debí mover ni un músculo de mi cara.

Al fin, abrí los ojos, todo lo veía amarillo por culpa de aquellas gafas que tapaban la mitad de mi cara, miré mi reloj y conté segundos atrás. Puse el dedo índice dentro de la anilla de aquella cuerda que venía de mi espalda, puesto que tiraría de ella de un momento a otro.

"Tres... Dos... Uno... Tiro".


Y tiré. Por un momento me sentí tranquila, pero al notar que mi espalda pesaba al igual que en el principio, supe que pasaba algo raro, ladeé la cabeza un poco, y no vi ni una cuerda salir de aquella mochila.

Cogí la anilla con la mano contraría al lado que estaba, tiré muchas veces seguidas, pero no aparecía ningún plástico que saliera de aquella mochila negra. Miraba hacía todos lados, y veía la arena de playa cada vez más cerca de mí, no sabía qué hacer. Respiraba con fuerza por el miedo y mi cara puso por sí sola una expresión que no sabría definir.

Los movimientos que hacía eran en vano, no se abría el paracaídas, y para colmo estaba llegando al suelo.

"¡Joder, joder, joder, joder!".

Gritaba sin parar a modo de calma, pero la tensión subía por milésimas de segundo.
Me quedé en blanco y pegué contra el suelo. Mi vida había pasado entera por mi cabeza, por mi mente.

Recordé hasta el olvido.

A la luz de la luna.



Sentía como su piel pegada a la mía iba entrando en calor por cada segundo que pasaba, cada segundo que me abrazaba, cada segundo que me rozaba.

Pensar que lo tenía dormido a mi espalda, con sus labios pegados a mi hombro me hacía sentir escalofríos que recorrían todo mi cuerpo haciéndome estremecer como una imbécil enamorada.

Repentinamente alzo su cara aún con sus ojos dormidos y acerco sus labios a mi lóbulo, acariciando y respirando en él mientras me susurraba esas palabras que tanto me hacían sentir.

Tuve que pasar mi brazo hacia su cintura escondida detrás de mí en sábanas aterciopeladas y acariciar su cuerpo como nunca lo había hecho.

Segundos después, me di cuenta de que mi cuerpo había cedido al suyo desnudo sintiendo como se convertían ambos en uno solo.

Mis labios se entreabrieron a la vez que la almohada cada vez se veía más arrugada tras mi puño apretarla y mi cara escondía su rostro pegándola a esta.

Un grito quedo desnudo tras desgarrarlo desde mi garganta, e hizo eco en gran parte de la casa.

Me silenció cuando su mano repasó todo mi cuerpo hasta llegar al contorno de mis labios y los jadeos quedaban ahogados dentro de mi boca que hacia vaho en su mano dejándola humedecida.

La almohada volvió a su estado natural al soltarla y llevarla rápidamente a la muñeca de mi compañero de noche.

La apreté a la vez que él, con la misma, alzaba mi cuerpo arqueándolo hacia el suyo, dejando mi nuca pegada a su hombro.

Su cuerpo comenzó a moverse con lentitud haciendo que el mío se moviera a la par.

Pegaba su cara a la mía mientras su respiración cada vez era más acelerada y leves gritos recorrían toda su boca encontrando una salida, mientras que mi lengua se basaba en el cartílago de su oreja acariciándola con la misma punta de esta, dejándola humedecida y fría.

Llegó a mi punto, y gemidos recorrieron mi boca hasta que estos se cerraron apretándolos.

El dedo índice de su mano izquierda entró en mi boca cuando entreabrí mis labios para poder respirar con más rapidez de lo normal. Recorrió toda mi boca con dicho dedo, y jugó con mi lengua y dientes. Lo atrapé de modo que al tirar de él quedó levemente enrojecido.

Tras minutos de placer sin descanso, me di cuenta de que nuestros cuerpos parecían máquinas imparables y círculos recorrían el interior de mi cuerpo entre jadeos que llenaban mis oídos de sonidos y palabras malsonantes que salían de su boca.

Espejismos.



"Mírate al espejo y dime si el ojo te engaña, es un espejismo tan solo que te hará daño. Mira tu reflejo en el agua cuando te bañas, mira tu peso en la báscula al cabo de un año.
Sé que te hace daño, pero es que la solución no es encerrarse en el baño. Yo sé lo que piensas cuando observas tu reflejo pero tu enemigo son las personas, no el espejo".

Blog Scriptoria.



Él
.

"Recuerda cada uno de sus besos. Su boca moldeando sus labios y dándole el calor justo para mantenerle vivo de ilusiones durante... años.

Es tarde, él se va a dormir, soñando. Soñando que espera sin prisas, que ella puede tardar la vida entera porque él permanecerá helado pero se mantendrá caliente bajo la nieve, recordando la sonrisa que le dibujaban sus labios.

Es tarde, él se va a dormir, soñando."

Muñeco.


No existe un único mundo, aunque vosotros no podáis verlo. No todas las personas pueden gozar de una doble vida, pero me temo que yo sí, y que ahora sin ella no podría vivir.
Somos muñecos, muñecos movibles que nosotros mismos manejamos. Un muñeco, movido por su propio amo. Un muñeco que siente, que llora, que ríe, que pierde amigos, que gana nuevos, que los echa de menos en determinados momentos, que necesita estar alejado de ellos en otros, que pierde los estribos…
Digamos que es como una doble persona.
Ese muñeco, siente la necesidad de tener a otro cerca, muy cerca, que lo pueda tocar, rozar, acariciar, besar, sentir como si fuera totalmente suyo…
Las personas con doble vida nos sentimos atrapadas en este pequeño y miserable mundo, dónde no tienes miedo de nada, gracias a que todo es ficción, ficción tomada finalmente muy a pecho…
¿Sabéis? Hasta se discute, se insulta, te menos precian, ¿y qué? lo he dicho hace un momento, intentas deshacerte de ese muñeco, y si llega un momento en el que lo consigues, ese muñeco vuelve a ti dando todos los pasos necesarios. Aunque a veces, que vuelva a ti, es por culpa de muñecos de su misma altura, de su misma importancia. De caras que ellos mismos te ponen y que hace que te des cuenta de que lo único que estás haciendo, es dejar atrás a los muñecos y amos que lo manejan, que hacen que te sientes mal por haberlo abandonado todo.
Otras veces, muñecos se van, y nunca vuelven, abandonan a la gente que supuestamente han querido durante mucho tiempo y los olvidan después…
Acabas diciendo que tú ya no haces nada aquí, que estás deseando irte y hacer como ellos han hecho, olvidar…Pero unos pueden hacerlo, desagraciadamente otros no.
Lo intentas por todos los medios, haces todo lo posible para no ser uno más de aquellas personas que no tienen corazón.
Pasan unos días, pasan semanas, y quizás pueda hasta llegar al mes y poco más. “Tiempo totalmente perdido”… Te dices después.
Avisas a todas las personas y muñecos con los que has mantenido la misma vida pero con diferentes historias, dices que te irás y de que no sabes si volverás, dejas dicho que es para siempre. Intentan convencerte para que no hagas lo que no quieres, pero finalmente lo haces acabando de todo con un simple chasqueo de dedos. Desapareces y no vuelves.
Sientes como poco a poco te vas volviendo loco, que estás enganchado a ese muñeco y que no lo quieres perder nunca, quieres cuidarlo, tratarlo y jamás romperlo.
Has salido de ese mundo, pero igualmente estás al tanto de lo que pasa en cada momento, y sientes la necesidad de entrar en él, abrirte a ti mismo las puertas nuevamente y no salir nunca jamás…
Aguantas, tratas de tranquilizarte, sueltas toda tu rabia en llantos constantes y en gritos hacia tus adentros. Pero la rabia entra nuevamente en ti al ver cómo se te escapa el tiempo.
Caes nuevamente. Buscas a los muñecos escondidos debajo de tu cama, vuelven a retomar vida, vuelven a juntarse, pero claro, después de un tiempo, poquísimo tiempo, todo llega a su final.
Él se va, y tú te vas seguido de él. El muñeco acaba roto, y el amo acaba debilitado.
Fin del juego.