
Llega un momento del juego en que no sabes seguir la partida. Es como un tablero de parchís del que tu oponente le quedan dos pasos para ganar la partida y tú aún tienes una de las cuatro fichas en el punto de partida.
Están viendo como él cada vez avanza más y a ti cada ficha que adelantas, te la vuelve a adelantar e incluso te la acaba comiendo hasta dejarte sin ella.
Piensas que la has perdido, que no conseguirás volver a adelantarle y ahí es cuando acabas derrumbado, cuando comienzas a ser borde aunque no te des cuenta, cuando te alejas de la gente, cuando intentas dejar lo que ha sido tuyo en el olvido.
¿Acaso merece la pena? Es una de las preguntas frecuentes que nuestras mentes hacen cada dos por tres.
Y creo que el problema no está ahí, si no en que crees que para ti sí que merece la pena, y es cuando te das cuenta de tu egoísmo.
Pero tampoco os soléis dar cuenta de que es por la salud de uno mismo, que llega a afectar y cuando repentinamente te viene a la cabeza, tu estado de ánimo cae de forma brutal.
Otro de los problemas que esto causa es el perder a las personas, por el cual hoy escribo este texto. Quizás sean paranoias, o quizás no, pero estás observando y crees más en la realidad que en las tonterías que uno se monta en su ser.
Digamos que lo dejas, pasas de todo durante unos días, aunque en realidad no lo sigues el juego, tratas de saber todo y cada uno de los movimientos del oponente.
Eso es lo que más dolor causa, verlo, y no poder seguir.
Haces trampa, y sin que nadie se de cuenta, vuelves a poner tus fichas sobre el tablero, coges el dado, y a seguir.
Realmente, una partida demasiado larga, por lo que o te cansas, o se cansa, y acabas por abandonar.
Lo coges por el brazo para que vuelva a sentarse frente a ti y terminar la partida, pero no, él sale corriendo y te quedas en medio de esta.
No sabes como mover, y ahí, acaba el juego.
Las fichas se quedan sobre el tablero, y tú abandonas el lugar.
Juego finalizado.




